lunes 27 de octubre de 2008
Mitja Marató de EL Vendrell
Más sobre maratón.
Y la femenina es de 2:15:25, conseguida por Paula Radcliffe, en Londres el 13 de abril de 2003.
Se trata de dos marcas verdaderamente notables, teniendo en cuenta que sus seguidores en el ranking se encuentran a 1 y 3 minutos respectivamente.
¿Qué significan esas marcas? Veamos.
Tomando como refencia el caso masculino, correr 42,195 km en 2:03:59, supone hacer cada kilómetro en menos de 3 minutos (barrera psicológica que se creia infranqueable).
El primero en romper esa barrera fue el brasileño Ronaldo Da Costael 20 de septiembre de 1998, con 2:06:05, a 2:59 el km.
Gebrselassi estableció su marca corriendo a 2:55 el km.
A qué equivale ese tiempo? Pues a correr a más de 20 kilometros por hora. ¿Les parece poco? Les propongo un reto: 3 minutos el kilómetro supone hacer cada 100 metros en 18 segundos. Prueben a correr esa distancia en 18 segundos; lo que para cualquiera sería un sprint de velocidad es el ritmo que los maratonianos mantienen durante los siguientes 420 hectómetros.
Para un atleta popular bien entrenado ese ritmo es prácticamente imposible de mantener más de un kilómetro. ¿A que en la tele parece que van “parados”?
El caso fenenino no es menos impresionante si entendemos las lógicas deferencias fisiológicas en varón y mujer.
“El muro”.
El nombre es bastante explícito.
Hay un momento en el transcurso de la carrera en el que se traspasa el umbral de la resistencia, del entrenamiento… y se entra en el terreno de lo desconocido, terreno en el que ni el mismo atleta sabe qué va a pasar o cómo va a responder su cuerpo.
Suele manifestarse a partir del kilómetro 30 y el 35. Es ese momento en el que se deciden la mayoría de las maratones. El atleta que es capaz de sobreponerse a ese momento “delicado”, o le afecta en menor medida, es el que va descolgando a todos sus rivales, que ya no pueden mantener el ritmo.
Es la obsesión de todo maratoniano.
Cuando corres tu primera maratón, en el km 30 piensas que la carrera ya está terminada. Cuado corres la segunda, sabes que la carrera empieza de verdad en el km 30.
lunes 29 de septiembre de 2008
Samuel Wanjiru: Oro olímpico y récord olímpico.
EL KENIATA SE COLGÓ EL ORO Y BATIÓ EL RÉCORD OLÍMPICO
Wanjiru se corona en el maratón a un ritmo infernal
Samuel Wanjiru dio a Kenia su primera medalla de oro en un maratón olímpico con una victoria trabajada desde la salida en la plaza de Tiananmen y rematada con un ataque a cuatro kilómetros de la meta irresistible para el marroquí Gharib, doble campeón mundial.

Samuel Wanjiru cruza la línea de meta (AFP)
Wanjiru se presentó en la meta del estadio con un tiempo de 2h.06:32, récord olímpico, seguido de Gharib en 2h07:16 y del etíope Kebede, que batió a su compatriota Merga ya dentro del estadio, en 2h.10:00.
Wanjiru rompió las hostilidades desde la salida. Con 24 grados de temperatura y un 52 por ciento de humedad, pasó los 5 km. en 14:52 y formó un grupo en cabeza que se reducía ya a una docena de corredores, entre ellos los españoles Chema Martínez y Julio Rey.
Hachazos por doquier
El ritmo de Wanjiru, autor de tres récords mundiales de medio maratón, redujo el grupo cabecero a ocho: siete africanos y el rapado Chema Martínez, que pasó al frente los 10 km. en 29:25. En el segundo paso por Tiananmen, junto al retrato de Mao, los africanos redoblaron su ofensiva para dejar atrás al intruso Martínez. Por detrás llegaron al grupo de cabeza Goumri y el etíope Tsegay Kebede, ganador este año en París.
En el km. 15, con Martin Lel en cabeza (44:36), Wanjiru dio otro tirón y Chema volvió a quedarse, esta vez ya sin remisión. Camino del vigésimo kilómetro quedaban cinco en cabeza: Wanjiru, que pasó en 59:10, Lel, Gharib, el etíope Deriba Merga y el eritreo Yonas Kifle. Cubrieron el medio maratón en un parcial de 1h02:34, rapidísimo para las condiciones de la carrera. Baldini estaba a 4 minutos.
Al paso por el km. 30 (1h29:14) Merga estaba arriba con Wanjiru y Gharib, que se quedaba en todos los tirones y volvía en cuanto la pareja delantera aflojaba. Por el km. 35 Wanjiru y Merga (1h44:37) podían oír todavía el resuello de Gharib, unos metros por detrás, pero quien se quedó a continuación fue el etíope, inerme ante la fuerza de Wanjiru mientras el marroquí no terminaba de entregarse.
Chema acabó decimosexto
Pero a partir del km. 38 Wanjiru desterró todas las dudas. Rindió a Gharib con un ataque sostenido, miró atrás y pudo respirar tranquilo en los últimos kilómetros.Por su parte, Chema Martínez acabó conformándose con el decimosexto puesto, tras una actitud valiente al inicio de la carrera.
Gebrselassie vuelve a batir el récord mundial de maratón
MARTÍN FIZ Y ABEL ANTÓN ANALIZAN EL RÉCORD MUNDIAL DE MARATÓN DE HAILE GEBRSELASSIE
¿Cuál es el límite del ser humano en el maratón?
Por QUIQUE PEINADO
Los dos maratonianos más grandes de nuestra historia hablaron con MARCA.com para analizar el estratosférico récord mundial de Haile Gebrselassie. Por primera vez, un ser humano bajaba de 2:04 horas en el maratón y hacía descender 27 segundos su propia marca mundial. Algo inesperado... sobre todo para un tipo de 35 años. Pero, ¿hasta dónde puede llegar el ser humano en la mítica distancia?
"Su carnet dice que tiene 35 años y hay incluso quien dice que tiene 40. Pero la ilusión que tiene es impresionante a pesar de toda la gloria que lleva acumulando, de dos oros olímpicos, de sus records... Es el corredor de larga distancia más grande de todos los tiempos, por encima de Bikila o Zatopek". Quien dice esas palabras no es cualquiera, sino Martín Fiz, campeón europeo y mundial de maratón en 1994 y 1995. La otra gran leyenda española de la distancia, Abel Antón (bicampeón mundial en 1997 y 1999), se muestra en la misma línea. "Evidentemente tiene el potencial, pero como ya había bajado tanto el récord... Con su edad era impensable que lo hiciera. Yo creía que había llegado a su tope, que ya era demasiado mayor. Pero parece que para él la edad no importa", comenta el soriano.
Y es que los 2:03:58 que hizo el legendario etíope en el Maratón de Berlín es un tiempo inaudito. Por primera vez en la historia se bajaba de 2:04 horas y pulverizaba su propia marca por 27 segundos. Hizo cosas increíbles, como correr del kilómetro 35 al 40 en 14:29, a un ritmo estratosfético de 2:54 el kilómetro. Los límites del ser humano volvían a relativizarse, como, según profetizan nuestros dos campeones, ocurrirá más en el futuro.
Un récord que se batirá
Se ha hablado de que la marca de Gebrselassie es demasiado, que rebajar 27 segundos su propia marca es algo que hará que dure mucho. Tanto Fiz como Antón no lo fían tan largo: "El récord durará lo que quieran Wanjiru y Bekele. El primero hizo 2:06:32 en los Juegos de Pekín corriendo mucho tiempo solo, sin liebres y con un 70% de humedad y 30 grados de temperatura. Bekele está haciendo ritmos infernales, cuando se pase al maratón veremos qué ocurre", dice Fiz. Para Antón, Bekele es el hombre: "Él va a arañarle muchos segundos al récord cuando se pase a la distancia", señala.
Samuel Wanjiru es un keniano de apenas 21 años que ya ha demostrado que tiene en las piernas una marca increíble. Es un camino habitual de los atletas de fondo pasarse al maratón cuando, como dice Fiz, "pierden la chispa" de la juventud. No son capaces de mantener buenos ritmos en 10.000 metros, pero llevan detrás una carga de trabajo y una sabiduría que hacen que conozcan mejor su cuerpo para dar lo mejor en los 42,195 kilómetros. Por ello, el caso de Wanjiru es atípico y tiene por delante mucho tiempo para mejorar la marca de Gebre. El 58:33 que firma en el medio maratón, récord mundial que le quitó al propio Gebrselassie por nada menos que 22 segundos, hace pensar que puede ser así.
¿Y qué hay del maratón en menos de dos horas?
¿Es humanamente posible bajar de las dos horas en el maratón? Abel Antón cree que sí. "Si se hacen medias maratones en 58 minutos, ¿por qué no? Es imposible doblar, pero ¿hacer 59 y 59 y medio? Podría darse", señala. Si los 9,69 segundos en los 100 metros de Usain Bolt han generado el debate de hasta dónde puede llegar el ser humano en la velocidad, la marca de Gebrselassie y las perspectivas de futuro sobre la larga distancia se disparan.
Lo que parece claro es que se tienen que dar muchas circunstancias. La climatología ideal, que haya liebres... Todo lo que tenía Gebrselassie, que corrió entre 12 y 16 grados toda la carrera y en Berlín, el lugar ideal por el circuito tan plano y la ausencia de viento que acompaña a esa cita. Y también es evidente, como dice Antón, pensar que hay más margen de mejora en el maratón que en la velocidad. "Por lógica, cuanto más larga sea la distancia, más margen de mejora hay. Los 100 metros están llegando a su límite, pero el maratón se puede correr más rápido".
El cuándo es la incógnita, igual que el quién, si será Wanjiru, Bekele u otro, pero sí que parece que el récord de Gebrselassie caerá, y la barrera de las dos horas, en un futuro lejano, también
martes 23 de septiembre de 2008
Matagalls-Montserrat 2008
- La subida al Coll de Grua, justo antes de los donuts. La peor y la que hay que llegar con el convencimiento de que tienes que pasar de allí.
- El cruce justo después del Coll de Grua de las urbanizaciones Cavall Bernat y Les pedritxes, mucho asfalto y unos 4 kms, muy pesado.
- El cruce de la urbanización que hay después de Vacarisses. También mucho asfalto y muy largo. Otra vez hay que concienciarse de que eso es lo que hay!!
- La subida desde Monistrol al Monestir. Una auténtica matada. Lo mejor: Que una vez ya has puesto el primer pie en la subida ya no hay vuelta atrás. Hay que subir!! En Monistrol mejor estarse muy poco tiempo, para evitar que te entre pánico.
viernes 11 de julio de 2008
La elegía del volcán: Tom Waits
El autor californiano de 'Rain dogs' llega por fin a España - Su esperada presencia evoca las grandes actuaciones de bandas y solistas legendarios en nuestro país
CARLOS BOYERO 11/07/2008
Percibo la vejez porque los recuerdos se difuminan, confundes fechas, sientes conveniente distancia ante recuerdos imborrables, te duelen las partes con las que siempre has jugado (lo decía el sabio Leonard Cohen), embelleces los recuerdos porque tal vez sean lo único que te ayudará a sobrevivir al invierno, te ha llegado la información en medio de un pavoroso insomnio (gracias, Martin Amis) de que la muerte ya no es un coqueto y prestigioso juego de adolescencia ilustrada o tibiamente kamikaze. Esta ahí, se está zampando por múltiples razones biológicas, accidentales, inevitables o vocacionales a los que siempre tuviste cerca, a los que perdiste de vista aunque existiera algo muy fuerte, a los que dejaste, a los que te dejaron, a los que os dejasteis, a esas malditas sensaciones asociadas a la pérdida, la traición y el abandono. Y relaciono mi vida, como otros lo hacen por razones infinitamente más lógicas y humanas, como el siempre mágico nacimiento de los hijos o la certidumbre de que encontraste definitivamente tu refugio, con los mercaderes mundiales de fútbol y con la mitológica presencia en vivo y en directo de gente que hacía música maravillosa en vinilo, en ese formato tan imperfecto como vital que los fenicios de la industria discográfica nos exigieron que desterráramos, en nombre de una cosita tan irrompible como aséptica llamada compact. Nos privaron de las fascinantes portadas de los discos, del manoseo ritual del fetiche, de acomodar tus ciclotímicos estados de ánimo al surco rayado o malsonante de ese objeto que reproducía voces y sonidos impagables, de que te quedaras frito por exceso de emociones, de alcohol o de otras drogas, y al despertarte siguieras escuchando el hipnótico runrún de la aguja, alguien circunstancial y hermoso (en lo segundo hay que tener suerte, o estilo, o dinero), o tú mismo, o tu inconsolable soledad te planteara soluciones, recetas de náufrago, murallas contra la desolación: "Hay que poner la otra cara del disco". Y recuerdas en brumas los primeros conciertos en esta ciudad paralelamente amurallada y abierta, en el complejo "pongamos que hablo de Madrid". Recuerdas porros que provocaban hambre, risa y sexo. Y la sensación volcánica de que nada era lo que parecía con el primer tripi, del pavor de no regresar a la tierra, del éxtasis amenazado por una inquietud sobrenatural. Y recuerdas los primeros conciertos, de la madera haciendo patriótica guardia ante olores o disturbios mosqueantes, de la entusiasmada percepción del espectador ante la seguridad de que los tiempos estaban cambiando. Y recuerdo a Soft Machine en una sala pionera al lado de Torres Blancas (que eran y son negras), y a Robert Fripp y a Brian Eno contándonos lo que ocurría en la corte del rey Crimson, y a la guitarra de Carlos Santana poniendo cachondo a todo el personal con Abraxas, y a Leonard Cohen sentado en un taburete, sin acompañamiento, revelándonos que la gente dice que Suzanne está loca pero él ha amado su cuerpo perfecto con su pensamiento. Y en 1976 llegó la simpatía hacia el diablo a Barcelona. Antes la habíamos saboreado con el engañosamente destruido Lou Reed. Los universales Rolling Stones dieron un recital pasable, pero todos los provincianos volvimos encantados. Tenían que juntarse los rayos, el calor intolerable, la lluvia purificadora, la convicción de que ellos expresaban mejor que nadie el ritmo de la calle, las ganas de dar la bronca y de follar, la inaplazable satisfacción para que todo el personal tuviera orgasmos con el perdurable concierto en el Calderón en 1982. Y años más tarde, el gran jefe Dylan se estrenaba en el campo del Rayo Vallecano. Y el gran cabrón de Van Morrison se esforzó en ser huidizo y pálido con los Chieftains en el Rockódromo. Y el sonido de la resignación y la melancolía, o sea, Miles Davis, se empeñó en dejarnos constancia de que era genial en al menos 10 actuaciones. Y Sinatra también cantó en Madrid. Sólo faltaba uno de los más grandes. Es más que un músico, que un cantante excepcional, que un showman, que un actor, que un símbolo. Es un estado de ánimo, es el delirio y el analgésico del perdedor, es llenar de belleza el volcán y el desastre cotidiano, es de las cosas más profundas que te pueden ocurrir cuando tienes el hígado roto y el corazón jodido, es el corazón del sábado noche, es el último tren a la ciudad, es las cosas del corazón, es el suelo inmensamente frío, son los halcones nocturnos en el diner, es la chica de Jersey, es noviembre, es el tiempo, es nadie, es la hermosa enfermedad, es la droga que logra establecer una tregua con mis dolores más profundos, es la autodestrucción y la necesidad de vivir, es la autocompasión y el desgarro, es las entrañas de la soledad y del desamparo, es la chulería indefensa y la sensualidad del amanecer, es la necesidad de irse y de quedarse, es la elegía y la obsesión, es un individuo de pinta inquietante y voz incomparable llamado Tom Waits. Y no puedo ver al más ansiado, al sonido que ha hecho llevaderas mil madrugadas amenazadas por el vértigo, por las sucias salvaciones cotidianas, porque tengo que llenar con intensidad y criterio de palabras, micrófonos y cámaras el trabajo excelentemente pagado de hablar de los otros. Pero no sé cuántas veces he llorado escuchando a Tom Waits, las que que he sentido en lo más íntimo la expresividad incomparable de lo que le ha ocurrido tantas veces a mi cuerpo y a mi alma. Y, por supuesto, detesto al dodecafónico, al sádicamente ruidoso, al borracho estruendoso y al cocainómano abrasivo, al ídolo de modernos en cualquier época. Yo no soy de ese tipo de admiradores, aunque me haya comportado a veces como un irremediable imbécil. Pero cuando gimes, cuando vomitas en alma y cuerpo, cuando eres lírico, cuando sufres de verdad, cuando el sarcasmo alivia la melancolía, yo le amo, señor Waits.